Será sólo por un momento...
- Aurea Preisser

- 26 dic 2023
- 4 Min. de lectura

¡Será por sólo un momento…!
Así nos despedimos la ultima vez que estuvimos juntos, antes de emprender mi marcha hacia esa tierra extraña y lejana a la que tuve que partir.
Cuando era una niña, tuve un sueño que, para mi corta edad se me hizo muy extraño, porque de alguna forma el sentimiento que sembró en mí, era tan reconfortante, a pesar de las enseñanzas de mis padres de no acercarme a personas adultas y desconocidas; más sin embargo con él, sentí cierta familiaridad como la que sentía con mis parientes. Lo vi de lejos y a pesar de no reconocer su rostro, él me llamaba con su mano y aunque con algo de temor, di unos pasos hacia él, antes de que, por miedo, desperté.
Pasó el tiempo y cada vez que acompañaba a mi abuela hacer mandados, había una sección en el recorrido del tranvía y que pasaba cerca de una calle en la que, al fondo se veía una casa, la cual me provocaba mariposas en el estómago, sin yo entender el porqué de esa sensación tan fuerte, que me invadía cada vez que pasábamos por ahí.
Tiempo después aquel sueño de mi niñez se hizo presente de nuevo; pero esta vez, yo era más grande al igual que él sólo aparentaba ser un par de años mayor, desde la primera vez que lo soñé. Esta vez él me estaba esperando recargado en su automóvil blanco, aparcado a un costado de las vías del tren, mientras yo me acercaba en mi bicicleta, deseosa por encontrarme con él y antes de que pudiera acercarme, la alarma de mi despertador interrumpió mi sueño, dejando en mí una sensación de decepción, pues deseaba poder fundirme en sus brazos.
Hacía poco tiempo que mi querida abuela había dejado este plano terrenal; sin embargo, por asares del destino tuve que pasar nuevamente por aquellas calles, que provocaban esa sensación de nerviosismo intenso en mi estómago, sólo que esta vez el sentimiento fue tan leve y fugaz, que apenas y percibí, que eran las mismas calles que me exaltaban en mi niñez. Detuve por unos minutos mi andar, para observar la escena frente a mí y aunque la casa seguía siendo la misma, todo a su alrededor estaba tan cambiado, con tantos nuevos negocios y locales, que apenas pude reconocer que efectivamente era el mismo lugar.
Conocí muchas mujeres en mi vida, pero ninguna de ellas despertaba ese amor que sentía, en aquellos días de adolescencia en mi casa, en aquellas mañanas en las que un fuerte impulso me llamaba asomarme a la ventana, a ver los tranvías pasar y me provocaban soñar con ese amor, que estaba tan cerca de mí por unos fugaces instantes, para después alejarse de la misma forma efímera en la que llegaba.
En mi juventud tuve que dejar la casa de mi infancia, para seguir con mi aventura profesional, dejando a mis padres en aquel lugar, en el que se quedaba ese amor con el que soñaba y que sólo de vez en cuando, creía que sólo era parte, de mi imaginación romántica, que nadie más conocía en mí.
Ya siendo yo una joven, aquel sueño de mi niñez, se hizo presente de nuevo esa noche. Empezó tal cual como aquel señor que me llamaba y mientras trataba de acercarme, él por alguna razón se alejaba, y al mismo tiempo yo me iba convirtiendo en una adolescente pedaleando mi bicicleta y acercándome a las vías donde él, estaba tranquilo recargado en su carro y con sus brazos cruzados, esperando por mí, que cuando al fin nuestras miradas se cruzaron, su sonrisa iluminó su rostro y así pude divisar su rostro nítidamente. Bajé de mi bicicleta con tanta prisa que casi me caigo, pero aun trastabillando, corrí hacia él para fundirnos en ese abrazo, que tanto deseaba cada vez que recordaba ese sueño. Cuando al fin nos abrazamos, el olor de su loción inundó mi cuarto, que me hizo despertar.
Me desperté con una sonrisa, pues el rostro de esa hermosa mujer no se apartó ni un segundo de mi mente, desde el momento que mis ojos se abrieron lentamente esa fría mañana; sin embargo, el ambiente en mi habitación no era más que de calidez.
Pasaron al menos dos semanas desde aquel sueño, mismo que se quedó tan clavado en mi mente, como el aroma de su loción que inconscientemente mi alma, lo buscaba por donde quiera que caminaba en el campus de la universidad, en la que estudiaba.
Ese día, la temperatura del ambiente era bastante frío, a pesar del hermoso y despejado cielo tan azul y los rayos del sol, en todo su esplendor, que apenas calentaban el pasto de aquel jardín, en el que rodeaba a los edificios de aulas.
Todos los estudiantes, deambulaban de un lado para otro como turistas en una plaza, cuando de repente entre la multitud que se fue abriendo, pude divisarla a ella sentada en una banca, leyendo un libro y por una milésima de segundo, mi corazón se exaltó y mi cuerpo se movió hacia ella, atraído fuertemente como un imán. Al estar parado frente a ella, tardó unos instantes en percatarse de mi presencia y cuando al fin, levantó la mirada y posarla en la mía, nuestros corazones y almas, se reconocieron inmediatamente, que sin poder expresar nada más y con una sonrisa, suavemente dije…
─ ¡Al fin te encontré…! – sus ojos se iluminaron cual estrellas en el firmamento – ¡Te estado esperando toda mi vida!
─ ¡Sólo fue hace un momento atrás, en el que nos separamos!
Por Aurea Preisser
06/Dic/2023

















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